Columnistas: ¿Qué enseñar?

“Lo que pone en el BOE” podría decir alguien con ojo avizor y un poco de mala baba. En mi anterior entrada hice una larga y espero que no muy pesada reflexión acerca de la importancia que ha tenido la enseñanza, directa o indirecta, de diversos valores en el sistema educativo. Tristemente es un tema que está de actualidad. Cuando todavía no nos habíamos recuperado del suicidio de Alan, el adolescente transexual que fue humillado repetidamente por su condición, nos encontramos con la noticia de la muerte de Diego que, siendo en realidad anterior, ha saltado recientemente a la palestra. ¿El motivo? La divulgación de su carta de suicidio a través de la prensa, una carta en la que el niño confesaba que había decidido acabar con su vida porque no encontraba otra manera de no ir al colegio… y es que para un niño la escuela es gran parte de su mundo.

Es un tema que estoy tratando con mis alumnos de sexto. Les ha tocado investigar el acoso escolar, incluyendo investigaciones sobre casos reales de niños que se han suicidado por causa de ese acoso. Podría parecer quizá una medida exagerada o cruel pero estos alumnos tienen la misma edad que Diego y que los compañeros que le atormentaron; incluso se puede decir que algunos de mis alumnos son mayores que él. Como decía alguien muy querido, no se puede matar elefantes con paños calientes y, del mismo modo, si busco una reacción emocional en ellos, una auténtica empatía no voy a escatimar datos pues son perfectamente capaces de entender esas situaciones.

Sin embargo, más que hablar de mis alumnos de sexto, quería hacerlo acerca de mis alumnos de segundo. Tratábamos otro tema aledaño: cómo resolver los conflictos. Aquí era inevitable hablar de que hay niños y niñas que se relacionan con agresividad, que gritan, pegan y tienen rabietas fácilmente para luego no disculparse o bien, cuando son ellos las víctimas, reaccionan exageradamente a lo que consideran ataques y no aceptan disculpas, prologando el conflicto.

Así me vi impelida a responder una de las preguntas más peliagudas que me ha podido plantear un niño. La pregunta era la siguiente: “Entonces, seño… ¿debemos perdonarlo todo, sea lo que sea?”.

Antes de comentar qué respondí yo os preguntaré: “¿Qué responderíais vosotros?”.

Hace un tiempo leía un texto de una madre que reflexionaba acerca de otra cosa que enseñamos típicamente a los niños: a compartir. El texto se titula: “Las razones de por qué no le enseño a mi hijo a compartir” y juraría que lo leí en UPSOCL, aunque la fuente primaria sea otra. Lo interesante de ese texto es que esa madre planteaba que no querer prestar algo que es tuyo es una respuesta legítima y que puede ser interesante que las nuevas generaciones aprendan que no tienen derecho a todo. En otras palabras, no porque desees el coche de tu vecino te lo tienen que dejar; no porque tengas prisa te van a dejar colarte en el supermercado; y así un largo etcétera.

Evidentemente, la razón por la que se enseña a compartir en la escuela es la misma por la que enseñamos a trabajar en equipo: colaborando podemos llegar más lejos que compitiendo y colaborar implica compartir recursos; además de que, con independencia de nuestro status económico todos somos iguales, siendo la escuela un lugar en el que ha de reflejarse esa igualdad. Sin embargo, la aportación de esta madre me pareció y me sigue pareciendo muy interesante.

Pues con esto del perdón me sucede algo parecido. No es operativo vivir con un listado de rencores y venganzas, consume energía mental y hasta física. Además, las personas tendemos a sobredimensionar las cosas cuando nuestras emociones están, por decirlo de algún modo, revueltas. Normalmente es muy difícil que nos hagan algo imperdonable, eso sí, entendiendo que perdonar no necesariamente significa que la relación con esa persona vaya a seguir igual que antes del conflicto.

Sin embargo, sí que hay cosas que, desde mi muy personal punto de vista, entran en el terreno de lo imperdonable y, aunque resulte muy triste decirlo, muchas de esas cosas pueden acontecerles a los niños en los ambientes que deberían resultarles más seguros: en la familia y en la escuela. Pensemos en Alan, pensemos en David, pensemos en esa niña de diecisiete meses a la que su padre arrojó por un balcón cuando su mujer y madre de la niña le descubrió abusando de ella.

Enseñar a un niño que debe perdonarlo todo es hacerle más vulnerable a los abusos.

Como imaginaréis, respondí que si alguien les hace un daño grave, físico o mental, deben avisar a los profesores, a los padres o a la policía y alejarse de esa persona que les daña. Nadie les obliga a querer a todo el mundo, a perdonar a todo el mundo, a ser amigo de todo el mundo; los afectos entran dentro de nuestra libertad personal y lo sano es querer a quien nos quiere, no a quien nos trata mal.

Comencé este artículo preguntando “¿Qué enseñar?”. Más allá de lo que diga el BOE, no es algo tan fácil de decidir. Como he comentado en otras ocasiones, al final nos queda reflexionar y posicionarnos como enseñantes o como padres, según el rol que nos toque desempeñar. En todo caso, evitemos las respuestas fáciles, simplistas. Los niños, al igual que los adultos, son seres complejos que se enfrentan a problemas complejos. No hay que enseñarles lo que nos sea más cómodo, sino lo que resulte mejor para ellos. Su felicidad es nuestra obligación.

Silvia María Moreno Hernández

Maestra interina por Educación Primaria.

Licenciada en Psicopedagogía.

Coautora de la obra: “Diez criterios para orientar a los hijos al éxito”, distribuida por CCS Ediciones. Enlace: http://www.editorialccs.com/catalogo/ficha.aspx?i=4209

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