Columnistas: ¿Importan los valores?

Imagino que leéis esta pregunta con recelo. Al fin y al cabo, parece la típica pregunta con truco. Yo misma, en una situación así, preguntaría ¿qué valores? Tendemos a dar una gran importancia a nuestros propios valores en detrimento de los del vecino.

De acuerdo, concretemos la cuestión. ¿Importa la educación en valores dentro de la escuela pública? Desde el plano legislativo parece una cuestión resuelta hace tiempo, pues ya la LOGSE, que arrancó en 1990 (hemos tenido tantas leyes educativas que es fácil perderse) distinguía tres grandes categorías: educación en conocimientos, en procedimientos y en valores; valores, se entiende, ligados a la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Yo, como tantos, fui educada según la ya muy desfasada EGB. En aquellos años, o al menos esa era mi percepción como alumna del sistema, no había tal debate: los maestros enseñaban contenidos y destrezas y los valores ya te los daban en tu casa… a excepción de la clase de Religión, claro. O Religión o Ética. Una etapa en la que era muy usual cursar Religión hasta la primera comunión, evento inefable de la sociedad infantil y quizá no tan infantil, para luego ir caminando, sobre todo en la adolescencia, hacia una formación más laica. Esas eran todas las referencias hacia el tema de los valores, que parecían “alternativos” a la educación de la religiosa, dando por hecho que la profesión de un credo conlleva la aparición automática de unos valores adecuados para la convivencia.

No es menos cierto que en aquellos años solamente parecía existir la religión católica. Ya con el aumento la diversidad en el aula fueron llegando los profesores de otras religiones, entendiendo que vivimos en un estado laico y que todas las religiones merecen el mismo tratamiento si existe un mínimo de alumnos que demandan su enseñanza.

Una vez accedí a la universidad y comencé Magisterio, pude estudiar desde una óptica diferente aquella ley de la cual se decía que nos haría descender a los infiernos del conocimiento; la LOGSE (1990).

Recuerdo que los docentes en aquellos años parecían estar particularme obsesionados por la educación en valores. ¿Eso cómo se come? o, en otras palabras ¿cómo se evalúan y califican esos valores? ¿es justo calificar al alumnado por sus valores? ¿se puede llevar a cabo de manera objetiva cuando los mismos docentes también estamos mediatizados por nuestros valores?

Tras la LOGSE (1990) hubo una ley que no merece la pena analizar porque nunca se aplicó, la LOCE (2002). Así, las siguientes novedades legislativas las tenemos con la LOE (2006) que trajo de nuevo la polémica con la famosa (y desaparecida) Educación para la Ciudadanía y que hizo voluntaria (pero de oferta obligatoria en los centros) la asignatura de Religión. Desde ese momento quien no cursara Religión, se iba a estudiar a la biblioteca, pues el área de Historia de las religiones que se propuso inicialmente como alternativa no llegó a cuajar. Asimismo, como se concluyó que el estudio de la religión no implicaba forzosamente el desarrollo de valores democráticos, la Educación para la Ciudadanía era una materia obligatoria y evaluable para todo el mundo, si bien sólo se impartía en el tercer ciclo de Educación Primaria.

A pesar de su escasa carga horaria, nuestra difunta Ciudadanía nació con mucha polémica. De hecho, varios centenares de padres unieron sus quejas y presentaron una demanda al Tribunal de Estrasburgo, entendiendo que era una materia que adoctrinaba a al alumnado. Los apartados más polémicos de esta ley tenían que ver con la presentación de diversos modelos de familia (multiparentales y homosexuales) dándolos como válidos. El Gobierno no permitió la “objeción de conciencia” ante esta materia y por ello se llevó a los tribunales, nacionales e internacionales.

Nunca supe muy bien qué ocurrió con estos padres objetores de conciencia en Estrasburgo, más allá de que los tribunales nacionales no les dieran finalmente la razón. Quizá nunca lo supe porque poco después hubo un cambio de signo político y, con él, un cambio de ley educativa, la LOMCE (2013). Esta ley se ha hecho famosa por volver a dar validez académica a la Religión, reintroducir las reválidas y establecer de nuevo conciertos para colegios que segregan por sexo a los alumnos.

Finalmente, Ciudadanía fue eliminada y sustituida por Valores Sociales y Cívicos, una materia que ha resultado ser bastante similar a su predecesora, si bien se ha convertido en alternativa para la Religión, por lo que no la cursará todo el alumnado. Por cierto, al igual que Religión, Valores es evaluable, ambas notas cuentan en la media del expediente.

Desde Valores se hace una propuesta interesante. La división es en torno a tres bloques: La identidad y la dignidad de la persona, la comprensión y el respeto en las relaciones interpersonales y la convivencia y los valores sociales. Eso sí, elude esos aspectos tan polémicos como los de los diferentes modelos de familia, las diferentes orientaciones sexuales o la identidad de género.

¿A qué viene esta larga perorata? Recientemente, tras aprobar la oposición, me he incorporado a primer destino como interina y me ha tocado ser la profesora de “Valores”, una asignatura a la que nadie parece dar importancia y que todo el mundo considera como “María”, al igual que suele suceder con la Música o la Educación Física. Los más bienintencionados me felicitan porque así “no tendré que calentarme la cabeza”. Los menos, se ponen de puntillas para contemplarme por encima del hombro. .

Irónicamente, no hace demasiado que otra muerte adolescente se ha sumado a tantas otras: el caso de Alan, ese joven transexual que se quitó la vida tras soportar acoso escolar durante años. Un joven que, por cierto, estudiaba un módulo de Técnico de Atención a Personas en Situación de Dependencia, por lo que esos compañeros y compañeras que le llevaron a la muerte se están formando para responsabilizarse de personas vulnerables, personas que quedarían a su merced. ¿No pensáis que sus nefastos valores deberían impedirles ejercer profesiones que impliquen el cuidado de otras personas?

Es curioso. Cuando pensamos en qué cualidades son imprescindibles para un ser humano, pensamos en la capacidad del cuidado de uno mismo, de su cuerpo, de su mente, en su interacción con otras personas y en su capacidad de resolver problemas. Sin embargo, cuando estas demandas se transforman en materias, se convierten en lo menos importante que se puede impartir en la escuela, es más, muchas voces abogarían en voz baja por la supresión de estas áreas en pro de las tradicionalmente asociadas a la escuela y, ya de paso, de toda forma de educación en valores… ¡pero que no les toquen los suyos!

Debo admitirlo, la educación en valores no garantiza un buen trabajo o un buen sueldo, no es nada sencilla de plantear y menos de evaluar, se puede caer fácilmente en seguir un libro y eludir toda planificación sin que nadie lo reproche… pero, tal vez, sólo tal vez, tenga el poder de evitar suicidios si la afrontamos con valentía.

Silvia María Moreno Hernández

Maestra interina por Educación Primaria.

Licenciada en Psicopedagogía.

Coautora de la obra: “Diez criterios para orientar a los hijos al éxito”, distribuida por CCS Ediciones. Enlace: http://www.editorialccs.com/catalogo/ficha.aspx?i=4209

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