Columnistas: El bilingüismo… mal entendido

Llevo un tiempo observando que hay términos que la sociedad hace un tiempo conocía y ahora parece estar olvidando. Uno de esos términos es el del bilingüismo; el del concepto de ser bilingüe.

Originalmente se definía como bilingüe a aquella persona que desde su más tierna infancia había estado expuesta a dos lenguas, siendo igualmente competente en ambas. Lo usual para que se diera tal situación es que cada progenitor hablara una lengua diferente.

La pedagogía nos ha enseñado que las personas educadas en el bilingüismo así entendido, a pesar de que tardan un poco más en comunicarse de manera solvente, al final alcanzan plena competencia en ambas lenguas y, por ende, una mayor facilidad para aprender una tercera lengua.

Es comprensible que en una sociedad cada vez más global deseemos que las nuevas generaciones sean cada vez más competentes en la mayor cantidad de lenguas posible, sobre todo en lo que concierne al inglés; un deseo que ha encontrado una respuesta en los centros educativos, que cada vez ofrecen más aquella enseñanza que usualmente conocemos como enseñanza bilingüe, es decir, enseñanza en español e inglés.

Con esta consideración obviamos cuestiones como que en las comunidades autónomas en las que hay un bilingüismo real, entendiendo que muchos de sus habitantes se desenvuelven en la lengua comunitaria y en castellano desde pequeños, la introducción de asignaturas completamente en inglés no sería ya propia de un “bilingüismo”, sino de un “trilingüismo”. O, simplemente, obviamos que en un entorno con una mayor diversidad de modos de entender la educación nos encontraríamos con más centros orientados a potenciar el alemán, el portugués o el chino, por decir algunos ejemplos.

Así, hace unos días se me exigió que subiera de nivel a una niña a la que imparto clases extraescolares de inglés, es decir, que la trasladara a otro grupo en el que el alumnado es dos años mayor. “¡Esa niña es bilingue!” me dijeron, como considerando que con eso ya me lo estaban diciendo todo. Yo no había notado que esa niña se desenvolviera en inglés de un modo extraordinario, si bien le noté una disposición positiva en clase y una notable facilidad para los idiomas. Sin embargo, bastó una breve conversación para confirmar que esa niña era bilingüe, sí, pero de español y sueco. Su nivel de inglés era el que le correspondía por edad y curso.

Aunque este fenómeno es general, está especialmente acusado en la Comunidad de Madrid. Cerca de la mitad de sus centros ofrecen este tipo de enseñanza y en muchas zonas es el único tipo de educación pública que se ofrece, por lo que no existe una auténtica libertad de elección. Esto implica que el alumnado se ve en muchos casos obligado a recibir clases de Natural Sciences y de Social Sciences en inglés, una lengua en la que no son realmente bilingües; dificultando el aprendizaje de esas áreas sin mejorar su desempeño en inglés, como se puede comprobar en el estudio de FEDEA de 2013. Resulta contraproducente introducir un vocabulario técnico y unas construcciones en inglés complejas a un alumnado que aún sigue lidiando con el to be verb, countable or incountable o los frequency adverbs, por enumerar algunos de los conceptos más sencillos.

Ante la dificultad de acceder a unos contenidos complejos que están en otro idioma, no es extraño ver que muchos alumnos y alumnas acaban aprendiendo palabras clave y oraciones de memoria, a fin de superar los exámenes sin llevar a cabo procesos de aprendizaje comprensivo. Al final no es extraño encontrarse a niños y niñas de secundaria que no llegaron a entender el ciclo del agua o la reproducción de las plantas y que, de paso, no serían capaces de expresar que les duele el hígado, sino el liver, o de nombrar los países de la Unión Europea en su propia lengua.

Ni que decir tiene que el alumnado más penalizado por todo esto es aquel que cuenta con un nivel adquisitivo más bajo, que no cuenta con medios para acceder a academias o a clases particulares, o bien que no tiene el apoyo de unos padres con una base cultural suficiente para ayudar a superar sus carencias; siendo aún más grave la situación si además este alumnado presenta algún tipo de necesidades específicas de apoyo educativo. Imaginad, sin ir más lejos, lo que supone estudiar en un colegio bilingüe accediendo a ciertas áreas únicamente en inglés mientras se trata, a la vez, un problema de dislexia, por indicar uno de los más leves.

A veces, cuando estamos perdidos, no queda más que echar la vista sobre nuestros pasos y retroceder. Es momento de preguntarnos cuál es la finalidad de la educación obligatoria en este país, qué es lo más importante que sepan las nuevas generaciones, en especial si acaban los estudios obligatorios y luego no prosiguen. Hay que considerar que el tiempo es finito y que los recursos nunca han sido muy abundantes. ¿Qué es lo esencial?

Si no somos capaces de dar una respuesta consistente a esta pregunta, es imposible debatir.

Silvia María Moreno Hernández

Maestra interina por Educación Primaria.

Licenciada en Psicopedagogía.

Coautora de la obra: “Diez criterios para orientar a los hijos al éxito”, distribuida por CCS Ediciones. Enlace: http://www.editorialccs.com/catalogo/ficha.aspx?i=4209

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